Madera

            por María Luisa Furche Rossé



Don Gabriel insiste en que le frote el tobillo. ¡Ahí, ahí!, grita cuando le paso la lija con poco cuidado. O supongo que eso quiere decir, porque más que una palabra lo que emite es un sonido agudo que termina en i. Tiene una corteza bajo los pies que, podría apostar, se llevará a la tumba. Intento no mirarle la uña, hoy se ve más verde que otros días. Sé que debería limarla, aunque quizá tengo suerte y se anima la enfermera de la noche.

Es mi quinta semana con él. Todos los días juro que no volveré, todos los días vuelvo. No hay trabajo y estoy embarazada de cuatro meses. Aún no les digo a los hijos del viejo. Temo que me despidan y busquen una enfermera que no deba ausentarse porque tiene que
parir. Para qué hablar de contrato y post natal. Alonso lleva cesante los mismos meses que yo embarazada. Aún así, insiste en que renuncie. Pero es invierno y ni para leña nos alcanza. Vivimos con mi suegra en una casa minúscula. A ella también hay que cuidarla.

Cuando termino con los pies, lleno la tina. El hongo de las cortinas avanza, pero no me pagan por limpiar. Busco los remedios en el gabinete. Concentrada reviso las píldoras y las cantidades. Me equivoqué una vez y el viejo estuvo con diarrea por días. El olor ácido de los pañales me daba arcadas. Si no trabajara acá, seguro no hubiera vomitado durante el embarazo. Meto el dedo en la tina, me quemo, regreso a la pieza. Le desabrocho la parte de arriba del pijamal, le bajo el pantalón. De inmediato me llama puta y me pregunta si se la puedo chupar. Noto que su pene flácido se mueve. Es casi gris, ya no le quedan pelos. Soy su enfermera, don Gabriel. Es la cuarta vez que se lo explico hoy.

Apoyo su brazo delgado en mi hombro. Lo llevo al baño y lo sumerjo en el agua. Desde la pieza escucho mi celular, debe ser Alonso. Hoy tenía una entrevista de trabajo, fue en el auto de su mamá. Don Gabriel empieza a reír. Descubro que es la esponja en su estómago. Se la paso más fuerte, se le sale una carcajada y me contagia la risa. Entonces, el agua se vuelve de un amarillo denso. La guagua patea. Ahora no, Lucía, le susurro. Quiero que sea niña. No me molesto en volver a lavarlo, solo saco el tapón de la tina. Lo envuelvo en una toalla, lo visto
con un pijama limpio, lo siento en su sillón y cambio las sábanas. La enfermera de la noche le cuenta todo a los hijos de don Gabriel. Ellos nunca aparecen, pero son exigentes. Mi celular suena otra vez. ¿Quieres que te pase a buscar?, pregunta Alonso. Está muy helado. Por su tono me doy cuenta de que no consiguió el trabajo.

Acuesto al viejo. Le digo que voy por su comida. Bajo la escalera con calma. Saco un colado de la despensa y directo al microondas. La cocina huele a encierro, está fría. Miro la chimenea, se está apagando. Busco madera para echar un palo nuevo, no queda nada. Salgo al patio, muevo con fuerza un tronco grueso, agarro un hacha y la levanto con los dos brazos. El filo queda enterrado en el piso. No estuve ni cerca y me siento una idiota. Le pediré a Alonso que lo haga. Él llega media hora después. Mientras se encarga de la leña, termino con Don Gabriel.


Alonso sube al rato, me pregunta si necesito algo más. Le digo que me espere en el auto, la otra enfermera llegará en quince minutos y no puede encontrarlo ahí. ¿Quince minutos?, me pregunta. Conozco esa mirada, siempre que está triste se pone caliente. Además, entre el embarazo y mi suegra, casi no tenemos sexo. Alonso se acerca, me besa la boca, el cuello. Mete la mano bajo mi delantal, está tibia, me gusta. Le pido que pare. Vamos a la cocina, responde él. Puta, puta, vuelve a gritar don Gabriel. Le saco la placa y ya no puede modular. Tomo a Alonso de la mano y salimos de la pieza. Siento que Lucía se mueve. Antes de entrar a la cocina, le pido que carguemos en el auto la madera que cortó.
Wood

            translated by Rachel Whalen



Mr. Gabriel insists that I rub his ankle. “There, there!” he shouts when I touch it ever so lightly. Or I assume that’s what he means — he makes more of a high-pitched sound that ends in “r” than an actual word. He has this crust on the bottoms of his feet that, if you ask me, he will take with him to the grave. I try not to look at the nail — today it looks greener than most days. I know that I should file it down, but maybe I’ll get lucky and the nurse on the night shift will bring herself to do it.

It’s my fifth week with him. Every day I swear I won’t return, and every day I do. There isn’t any work and I’m four months pregnant. I still haven’t told the old man’s kids. I’m afraid that they’ll fire me and look for a nurse that won’t have to take time off to give birth. There’s no reason to bother with the contract and maternity leave. Alonso has been unemployed for the same amount of time that I’ve been pregnant. Even so, he insists that I quit. But it’s winter and we don’t even have enough firewood. We live with my mother-in-law in a tiny house. She also needs to be taken care of.

When I finish with his feet, I fill the tub. The fungus on the curtains keeps growing, but they don’t pay me to clean. I look for his medication in the cabinet. Focused, I look over the pills and dosages. I was wrong once and the old man had diarrhea for days. The sour smell of the diapers sent me into a gagging fit. If I didn’t work here, I’m sure I wouldn’t have vomited during the pregnancy. I put my finger in the bathtub, burn myself, return to the room. I take off his pajama top, lower his pants. Immediately he calls me a whore and asks if I can blow him. I notice that his limp penis moves. It’s almost gray, and there are no longer any hairs. I am your nurse, Mr. Gabriel. It’s the fourth time I’ve had to explain it today.

I support his thin arm on my shoulder. I carry him to the bathroom and submerge him in the water. I hear my phone from the other room, it must be Alonso. Today he had a job interview, he took his mom’s car. Mr. Gabriel begins to laugh. I see that it’s the sponge on his stomach. I move the sponge over him, he lets out a contagious bellow of laughter and I laugh, too. Then the water becomes a dense yellow. The baby kicks. Not now, Lucía, I whisper. I want it to be a girl. I don’t bother to wash him again, I simply drain the tub. Then I wrap him in a towel, dress him in clean pajamas, sit him on his couch and change the sheets. The night nurse is the one who communicates everything to Mr. Gabriel’s kids. They’re never around, but they’re strict. My cell phone pings again. Should I pick you up? asks Alonso. He’s acting cold. By his tone I can tell that he didn’t get the job.


I wake up the old man. I tell him that I’m going to get his food. I go down the stairs slowly. I take a jar of mush from the pantry and put it directly into the microwave. The kitchen smells stuffy, it’s freezing. I look at the chimney, the fire’s going out. I look for wood so I can throw on a new log, but there isn’t any left. I go into the patio, struggle to move a thick trunk, grab an ax and lift it with both hands. The blade winds up buried in the ground. I wasn’t anywhere close and I feel like an idiot. I’ll ask Alonso to do it. He arrives half an hour later. While he takes care of the firewood, I finish up with Mr. Gabriel.

Alonso comes up a little while later, asks me if I need anything else. I tell him to wait for me in the car, the other nurse will arrive in fifteen minutes and he’s not supposed to be here. Fifteen minutes? he asks me. I know that look, the sad one that becomes horny. Between the pregnancy and my mother-in-law, we almost never have sex. Alonso gets closer, kisses me on my mouth, my neck. He puts his hand beneath my apron, it’s warm, I like it. I ask him to stop. Let’s go to the kitchen, he responds. Whore, whore, Mr. Gabriel shouts again. I take out his dentures and that shuts him up. I grab Alonso by the hand and we leave the room. I feel Lucía move. Before going into the kitchen, I ask him to help me load up our car with the wood he cut.